viernes, 28 de abril de 2017

"Tanto tiempo aquí"


Repetimos con AFINDECUENTAS.Es su tercera vez y hoy, además, vienen con percusión.

Entramos como de puntillas. Organizamos la sala, desplegamos los instrumentos, nos colocamos...

Mientras lo hacemos, aparece una niña parapetada tras su madre y tras unos ojos que se escapan, insobornables, tras un teclado y su propia exclamación: "¡¡¡Un teclado!!!
"Ven. ¿Quieres verlo? ¿Quieres tocarlo?" Sus ganas quieren pero ella se queda, tímida, tras su madre y su emoción. Sus ojos, brillantes como si hubieran descubierto lo único que necesitaban, se le escapan, se le escapan...

Finalmente la convencemos. Carlos se levanta y le cede su asiento. Ella, como en trance, con sus ojos acuosos y enormes, dice, nos dice, se dice, le dice a su amigo el teclado: "llevo tanto tiempo aquí..."

Se sienta y se llena de una luz que nos atraviesa. "¿Os toco algo mío?"  "¡¡¡Claro!!! Y esa cría de 15 años que lleva tanto tiempo ahí nos envuelve en una música preciosa bordada con su voz precisa y aterciopelada con la que nos lanza a un mundo interior enorme lleno de luz y de emoción. Esa cría de 15 años que lleva tanto tiempo ahí, secuestrada por la sinrazón, vuela con los dedos en ese teclado y transforma su pesadilla en pura vida. La música llenando agujeros negros, cubriéndolos, sellándolos a contracorriente.


Esa cría tragándose su agujero negro por unos minutos, cerrando los ojos y saltando ese precipicio que la ha llevado hasta allí.

Y esa sala que es como de cristal, temblaba. Como ella tras cantar. "Sigue, sigue" le decíamos. Y ella "no, tengo que ir a tomar agua". Códigos que no conocemos reinan en ese mundo de sufrimiento. Un vaso de agua es un mar que ella ahora debe cruzar.

Ese mar empapó los temores que me acechaban según la escuchaba anonadada: es que, tal vez,  en esa sala no se puede ni tocar un teclado.
Es que, tal vez, las calorías que quema haciéndolo, tejiendo esa mullida almohada donde reposar su desasosiego, son una trampa dentro del laberinto de la enfermedad. Un cepo en el que caemos todos, encandilados y ajenos a su peligro. 
Estamos en un campo de batalla, siempre lo digo, y no somos conscientes de que está minado para ellos en cada milímetro, en cada movimiento de sus frágiles cuerpos.

Afindecuentas, sin saberlo (o ya sí) desactivan esas celadas con mensajes certeros que marcan un camino de regreso. Un atajo seguro sembrado de música y entusiasmo. Para partir de cero y que todo vuelva a empezar al lado de alguien que haga un día gris bonito otra vez y que me haga olvidar el dulce el terror y me impulse a la casilla de salida y ¡¡¡¡salir!!!!

Ocho crías cantando, sonrientes o tristes, pero cantando. Dejándose mecer por el mar que las lance a la Casilla de Salida o que las haga entender que todos, alguna vez, estamos al borde de perdernos y nos perdernos y no nos queda otra que agarrarnos a lo que nos haga más fuertes.
Como esa cría de 15 años que se aferra a su teclado para respirar allí dentro donde hace tanto que está.


Nos vamos. Llega el enemigo que es su único aliado: la cena. Y aquí no hay tregua, de nada nos sirve la bandera blanca: debemos irnos.

La cría de 15 años se atrinchera ahora en el quicio de la puerta, nos mira y llorando, arrebolada, desbordada de tanto, casi sin poder hacerlo, nos da las gracias. Unas gracias imponderables donde lo único que no cabe es nuestro estupor por no saber cómo devolvérselas a ella por lo mucho que nos ha hecho sentir esta tarde.

 Cada día en ese hospital salimos con las tres heridas de Miguel Hernández  y con esa otra que no tiene nombre.
Porque no lo tiene encontrarte unas zapatillas de estar por casa en forma de conejito


 Perdidas esas zapatillas y perdidas ellas en esa enfermedad que nos pone a todos contra las cuerdas y nos devuelve el reflejo nítido de la sociedad enferma en la que vivimos y de cómo sólo es posible sobrevivir  luchando y anegando agujeros negros con lo más simple y lo más hermoso.
 Como lo es el calor compartido de una música hecha desde el corazón.

Gracias, chicos, siempre vivimos algo muy especial juntos y eso une. Creo que es lo único que crea vínculos auténticos. Como vuestra música y vuestra generosidad.








jueves, 9 de febrero de 2017

Lo que no vemos

Todos los que participamos en la actividad de Música en Vena
salimos conmovidos de cada encuentro con los pacientes. 

De un modo u otro, podemos experimentar el impacto que supone llevar música a esos lugares donde tan pocas cosas hermosas entran. 
Entran los miedos, la desesperación, el dolor, la incertidumbre, la impotencia, la soledad...
Con MeV entra lo bueno de la vida: el calor, la compañía, la alegría, la emoción....Y lo vemos. 
Vemos sonrisas sorprendidas, ojos aguados, entusiasmo participativo, aplausos agradecidos...Sentimos el escalofrío de ver el asombro y la gratitud en esas miradas cargadas de tantas otras cosas...
Vemos cómo las lágrimas de dolor se transforman en lágrimas de emoción y cómo las ganas de vivir esa música arrincona ese tormento insobornable.

Frecuentemente lo verbalizan y se interesan por quiénes somos y quiénes son los músicos. Otras muchas lo expresan con su mirada caída.

Siempre se vive algún momento único que justifica por sí solo la existencia de MeV.
Todos los que hemos estado ahí sabemos lo difícil que es explicar esos momentos y lo extraordinarios y valiosos que son. Nos vamos siempre con el corazón rebosante.


 Vemos muchas, muchas cosas. Pero ¿y lo que no vemos....?

MeV es como un polvo de oro que se filtra en el alma de los pacientes y se queda ahí para siempre.
Oro puro en la oscuridad de la enfermedad que ilumina ese camino tan difícil y duro.
MeV es luz y cuaja en el corazón de quien la recibe, ya para siempre. 

Y muchas veces no lo vemos, pero germina siempre. Tanto, que es posible que meses después, años incluso, te encuentres con un enfermo que sigue su peregrinar por salas y hospitales (la enfermedad, con suerte, es una carrera de fondo) y te diga lo importante que fue para él encontrarse un día con esa música y esa maravillosa gente que es MeV. 
Que te recuerde como si no hubiera personas en el mundo y recuerde al músico que ese día le ayudo a seguir adelante.
Que te suplique que sigáis adelante con esa labor tan maravillosa.
 Que se sienta tan impregnado de aquello que se enrede contigo en un abrazo que diga todo lo que las palabras no pueden decir. 
Porque hay emociones que no tienen palabras y el agradecimiento sólo cabe en un abrazo. Y en ese abrazo, él y tú sabéis que hay un mundo. Otro mundo. Ese que no vemos pero que MeV va sembrando como una hormiguita. Un mundo que mejora este y lo hace más vivible y esperanzador. Y en ese abrazo, que fue inevitable para una de nosotras, encontramos todo lo que no vemos. Todo lo que MeV disemina y transforma; en silencio, a pequeños sorbos de arte y de emoción.
 Y todo eso, eso que es impagable e inefable, es la esencia de MeV y lo que la hace imprescindible.


Hace tiempo que estoy fuera de juego y también lejos de vivir este tipo de experiencias. Lo echo de menos como respirar. Gracias a una compañera que compartió su experiencia conmigo pude vivir, de algún modo, la energía que supone MeV y  ella, así, me la inoculó. 

Eso también forma parte de MeV: Inocularnos su fuerza incluso en la distancia.
 Gracias, Rosa, por sembrar en los campos de barbecho; tanto, que he podido volver a escribir gracias a ti.


martes, 20 de diciembre de 2016

Escalofrío en vena

Ayer, en un hospital, estalló la vida en toda su plenitud.
 Hasta ese espacio de sufrimiento, salpicado de esperanza, llegó la emoción engalanada de alegría y de fuerza. 
Casi 300 personas abrazaron el salón de actos del Hospital 12 de Octubre 

Y en ese abrazo se cobijaron los goteros que pitaban ajenos a la clave y al tempo...
Respiradores artificiales que ensancharon sus pulmones con tanta belleza y armonía...

Y como siempre, el milagro. Siempre repetido y nunca suficientemente asombroso: la música curando lo que ninguna medicina puede curar.
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Las manos en alto de un señor atrapado por una sonda nasogástrica. Manos,saltando por él. Brincando emocionadas, esas manos.

Un superman,enorme, con el cuello cosido de grapas, avanzaba sonriente, cubierto por una chaqueta del pijama atada como una capa con superpoderes. Los de la sonrisa tibia, casi incrédula, con la que abandonaba la sala tras el concierto.

Enfermos, muy pachuchos, abandonados al goce de sentir. Sentir que la música empujaba la vida y traía tantas emociones purificadoras...

Miraba a mi alrededor y sabía que estaba viviendo algo único. 
Hendel y 300 personas llenando todos nuestros corazones con esa música excepcional, hecha para hacer sentir. Sentir que todo es posible, que ese abrazo de voces nos impulsaba por encima de nuestros miedos y por un momento podíamos volar y conseguir lo imposible.

Casi 300 voces abrazando nuestros embobados ojos acuosos, traspasados por el mismo escalofrío. Ojos de ilusión emocionada como ojos infantiles en la mañana de Reyes.
La imagen puede contener: una o varias personas

Un regalo. Un abrazo de voces como hermoso regalo de Navidad y de vida para quien sólo espera el regalo de la recuperación y la vuelta a casa. 

Aleluya.
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Gracias, MeV, por darme la oportunidad de vivir momentos así. Por permitirme ser acariciada por la auténtica vida y recibir lecciones cada día. Gracias.

viernes, 28 de octubre de 2016

Monstruos

Hoy he ido a ver un monstruo.
Un monstruo inexplicable que rebela como ninguno. Y también revela muchas cosas que deberíamos ser capaces de mirar de frente.
Un monstruo que chirría en el alma como una uña deslizándose por la superficie de una pizarra: las enfermedades mentales en niños. Un contrasentido en toda regla que te perfora la razón y el corazón.

Allí estaban, entregadas, 10 niñas, escuchando a Carlos, Isaac y Adel, nuestros chicos de Afindecuentas.

Ellos, cercanos, simpáticos, cantándoles y contándoles.
 Ellas a su alrededor con ojos emocionados y expectantes:
 "¿Nunca habéis pensado presentaros a La Voz"? 
"Esa versión es mejor que el original"
Salpican las canciones con sus comentarios. 
Olvidan, o eso parece, el monstruo que ha venido a verlas y las ha llevado hasta allí y que, como dicen Afindecuentas en una de sus canciones propias, no las deja vivir "Ni contigo ni sin ti". 

Se acaba pronto el encuentro porque debemos dejar esa sala, Sala Margarita del Hospital del Niño Jesús; para irnos a ver a otros compañeros que nos esperan en la sala Santiago.

Allí están 6 niñas y 2 niños. Se repite la presentación. 
Un chaval que lleva el ritmo y la música en las venas, pide canciones y se entusiasma con las que Afindecuentas les regalan y las acompaña con una percusión de sus manos, prodigiosa: "No he aplaudido antes porque estaba embobado". El crío, de unos 14 años, arrebatado, va y viene a esa emoción. Participa con vehemencia y se repliega a ese mundo donde domina el monstruo y nadie puede entrar. En cuestión de décimas de segundo. "Ni contigo ni sin ti"...

Una niña pequeña de unos 8 años se gira a veces con cara de desconcierto y dolor. Instintivamente me acurruco sobre mí y me giro hacia ella, como si fuera un espejo en el que se viera: "¿te molesta el ruido o  algo". No me escucha. Se gira de nuevo y sigue dando palmas sin sonido. Acercando sus manitas sin tocarse.

 El concierto se encoge y se expande al ritmo de sus reacciones.  Una montaña rusa de emociones, de sensaciones, de escalofríos, miedos y alegrías. Eso es un concierto en esas salas. 
Y en ese zarandeo inexplicable, nos aferramos a las sonrisas de esos críos y empezamos a creer que todo es posible. Que hoy, a-fin-de-cuentas, ha venido a verlos otro monstruo poderoso vestido de música, palabras animosas y mucho cariño
para convencerlos de que se puede recuperar el camino de vuelta a casa y encontrar otros monstruos buenos que les ayuden a ajusticiar a ese otro monstruo que es ahora su vida, sin poderlo entender.

Nos vamos. Llegan nuevos chicos ingresados para el fin de semana. Con ojos abiertos preguntan "¿pero han venido a cantar"? Ojos abiertos de sorpresa y alegría, que caen cabizbajos al darse cuenta de que llegan tarde y se lo han perdido: "pero prefiero estar fuera", se consuelan. Y para eso estamos allí, para acercarles una escala de notas que les ayude a trepar y escapar de esas cárcel que es ahora su día a día.

Hoy hemos ido a ver un monstruo y durante una hora la música de Afindecuentas lo ha combatido abanderando la sonrisa y el aliento. Y ellos, los guerreros, muy heridos, se han sumado a ese combate y han ganado, hoy, esa refriega. Al menos su sonrisa y sus miradas agradecidas así nos lo han transmitido.

Ojala haya sido así.
Muchas gracias, chicos



martes, 25 de octubre de 2016

Una cuña en la ventana

Una cuña descansa al lado de la ventana.
Descansa al sol, agradecida.Es lo único que veo en una de las habitaciones de Cardiología del Hospital 12 de Octubre esta mañana.
El sol...que todo lo humaniza y hace menos amargo.


Paula ha llenado ese pasillo de enfermos, de familiares y de una música maravillosa. Bach campa por sus respetos en ese pasillo gracias a Paula.

Me apoyo en la pared y siento un latido. Por un momento, la música vibra tanto y tan hermosa que pienso que son los corazones heridos , al otro lado de las paredes de este pasilllo, en sus camas, los que saltan enloquecidos y retumban sobre ellas. Corazones encogidos, débiles, enfermos que, de pronto, recobran su palpitar antes la profundidad de Bach.

Cambiamos de planta. Nos vamos a Hematología. Se sucede la expectación de pacientes, familiares, personal sanitario...
Algunos enfermos deciden enfundarse sus mascarillas y salir a disfrutar de esas notas que llueven frescas sobre su tedio y su inquietud.

Suenan y suenan esas 4 cuerdas en los dedos pequeños y delicados de Paula. Y resulta, como siempre, pura magia: la madera, el arco y esos dedos transformando esos pasillos en un acogedor universo.

La pared sigue latiendo a mi espalda. Me recorre un escalofrío y me doy cuenta de que es mi corazón el que redobla en mi cuerpo y lo acapara por completo. No hay nada más que sentimiento y verdad allí. Nada más llena este momento. Y todas las sangres enfermas redoblan en la misma emoción y sin ellas saberlo, se fortalecen y vigorizan para seguir dando la batalla. Eso queremos creer. Eso nos dicen algunas personas en esos pasillos. Algunas, sólo con su mirada y su sonrisa.

No podemos pasar a la UCI. Hay un imprevisto y debemos esperar.
Cuando llegamos, Paula regala unas piezas a los familiares que no pueden entrar tampoco. 
De pronto, un ejército de batas verdes salen de la UCI custodiando a un paciente. Ahora ya podemos entrar.
Hay lugares que se meten dentro y de los que cuesta mucho salir. Como una UCI. 
Como les es imposible salir de allí a un par de señores muy mayores que acarician y velan la vuelta a la vida de su hijo que todavía no sabe cómo aferrarse a ella. Un hermoso hijo que debería cuidarlos y visitarlos está, impedido, grave, en esa cama. La madre llora desesperada en su debilidad que no comprende. El padre, apoyado en su bastón, mira en silencio, triste. La madre acaricia la mano de ese hijo que ahora no la puede sostener. Como a un bebé, su bebé. Le habla, y le mece la mano. El padre, en silencio, mira. Llora por dentro.Esos padres ya no podrán salir de allí ni siquiera cuando estén en casa.

Paula toca emocionada. Es imposible no emocionarse en un lugar así.
Resbala la música en las lágrimas urgentes, huidizas, de un familiar que atraviesa la sala sin saber bien dónde ir a descansar tanta tristeza. 

La sala te atrapa y te impulsa a huir. El recibimiento acolcha la fuerte impresión: el doctor jefe es un apasionado de la música y sabe que es un regalo para todos los que están allí. Escucha a Paula con respeto y admiración y la anima a seguir. 

Bach continúa haciendo magia. Paula lo consigue sin decaer un segundo. Media hora en la UCI con la mirada baja, respetando la intimidad y el dolor de los que luchan por sobrevivir y de sus familiares.
Temblorosa, recoge su viola. Vamos saliendo, zarandeadas pero indemnes, hasta que uno de los pacientes que ya puede sentarse aplaude a Paula y la mira y le dice con todo el agradecimiento encaramado en sus ojos y su sonrisa: "muchas gracias por traernos tanto cariño hasta aquí".

¿Cómo explicar todo lo que sucede en ese momento?
 ¿Cómo explicar que en momentos así MeV cobra todo su sentido y sabemos que lo que consigue es algo grande como respirar? 
¿Cómo poner en palabras lo inefable? 
Quizá sólo las lagrimas agolpadas de Paula lo pueden explicar. La emoción de esta joven generosa y entregada, hecha agua, bendita agua, pueden reflejar lo que se vive en los hospitales gracias a ellos y a Música en Vena.

Salimos de allí, sin salir. Tardaremos horas, quizá días en dejar de estar allí dentro.Es así.
 Una vez que Música en Vena se inocula, estás perdido. 
GRACIAS

viernes, 30 de septiembre de 2016

Luchando por la "victoria"

No llego ni a escuchar una sola nota. Ni siquiera me da tiempo a ver los instrumentos. Ese ritual que tanto me gusta: enfundar y desfundar esas armas cargadas de futuro.
 Llego a ver algunos cables y las sonrisas cálidas de los componentes de Moebio.

Este viernes se adelantaba el concierto del hospital Niño Jesús y yo que lo sabía, lo había olvidado completamente.
Así que llego, pero muy tarde. Me quedo a las puertas de esa sala que tan bien conozco y a las puertas de vivir un momento único como siempre son los encuentros con los chavales que viven allí un paréntesis acerado de su vida. Un anacoluto vital doloroso y cautivo. 

Desde las puertas que solo pueden ( y deben) abrirse desde dentro y que se abren, veo mucho movimiento. Muchas niñas por el pasillo, mucho ajetreo. Supongo que salen del concierto y salen removidos. La música que les recuerda,o eso queremos pensar, que lo hermoso de la vida los está esperando la otro lado de esas paredes.  Mientras recuperan el camino de vuelta nosotros queremos dejar miguitas para que no se pierdan.
Moebio ha dejado grandes migas cargadas de "Victoria".
Y con esa bandera, el camino queda mucho más señalizado. Aunque ese paréntesis está hecho de confusión, distorsión, sufrimiento y rebeldía; y en medio de esa maraña es difícil atisbar la luz. 

Me pregunto si hoy habrán podido intuirla gracias a la música de estos chicos tan sencillos como grandes y generosos. 
Me pregunto si los niños de esas salas han podido aferrarse a la "Victoria" de Moebio para impulsarse y salir de ese bache. 

No es fácil. Están ahí porque su problema es su forma de vida. Porque donde los demás ven un problema- real- que pone en riesgo su vida, ellos se instalan a vivirlo, a hacer de él- de ese problema- una forma de vida donde sentirse seguros y plenos. Son felices en su propia agresión y luchan contra lo que detestan haciéndose daño. Niños dañándose para intentar ser. Siempre me marea esta reflexión y me produce un vértigo infinito sentir en primer línea las barbaridades que genera esta vida que estamos creando.
Por eso esa sala es tan especial. Todas lo son, es verdad. Pero esa sala...

Me pregunto muchas cosas que me he perdido y que nadie podrá responderme porque la respuesta está en vivir la experiencia. 
Sé,lo sé, que siempre es impactante. La cercanía con los niños. Sus miradas huidizas, o ilusionadas o perdidas. Esos pijamas como armaduras talladas de ositos o  flores que cobijan corazones heridos.
Preguntas y muchos deseos. Todos se quedan dentro de mí.

Por eso salgo al encuentro de lo único que puedo hacer: saludar a los músicos, preguntarles qué tal la experiencia, cómo se han sentido... Me recibe, acogedor, Txema, el bajo (hoy con guitarra). Después, Jawi que se encarga de la percusión y de una mirada llena de sonrisas. Saludo a Héctor, el cantante, que me recibe con su dulce acento. Y por último, Antonio, el aparente tímido guitarra del grupo.
Les ha gustado la experiencia, quieren repetir.

Moebio, como su propio nombre indica,
quiere estar en constante movimiento. Así que intentaremos que sus ondas nos abarquen y vuelvan a llenar estos otros auditorios tan especiales y tan necesitados de las cosas buenas y simples de la vida.
Hasta entonces nos dejan su simpatía y amabilidad y, como si no fuera suficiente, estas maravillosas púas de guitarra que hablan por sí solas del trabajo bien hecho y de la pasión de Moebio. 
Muchas gracias, chicos.



sábado, 25 de junio de 2016

Afindecuentas..."desmadradados"

La música es magia. Lo sabemos todos los que la amamos. 
Es imposible explicar por qué nos emociona una melodía, una voz...
Pero también es imposible controlar ese escalofrío que te recorre cuando ese milagro sucede.

Afindecuentas produce eso en mí. 
Suena la guitarra de Isaac y, antes de ver su maravillosa sonrisa columpiándose en su limpios ojos de buena persona, ya nos llegan sus dulces acordes directos a algo muy dentro de ti. Isaac toca como respira. Cómo si no estuviera haciéndo él esa maravillosa música. Como si fuera lo más natural ser parte de su mástil. Isaac toca como respira y de repente, nos cosquillea con el tintineo de la pandereta que bajo su pie cobra vida, como si fuera lo más normal.

Carlos y su pasión por el teclado no tienen frontera. Son un continuo. El teclado de hoy es más grande. Nos promete más. Porque quiere más y darlo todo con él. Y lo hace.

Y aparece la voz de Adel. Y desde el primer momento me sacude ese escalofrío que se encarama a mis ojos sin poderlo controlar. Una especie de gozo infantil se apodera de mí y de mi agradecimiento por algo tan simple y tan grande. 

Los niños del hospital Niño Jesús disfrutan de ellos. Les piden temas. Tararean con ellos. Sonriendo. 
En la segunda sala, están más movidos. Charlan, interrumpen, se ríen. Y cantan. Piden temas imposibles. Saben mucho de música. Parece que la música es una parte muy importante en su vida. Por eso tiene tanto sentido que Música en Vena esté en esas salas.Les pone en contacto con algo muy importante en sus vidas y les conecta a ellas desde otros resortes. Aunque solo sea un ratito. 
Hoy ese ratito ha sido un poco más largo. Las encargadas de esas salas nos han regalado 10 minutos más porque lo que estábamos viviendo no era frecuente y , además, era algo importante y especial.
Paula, que cerraba los ojos mientras cantaba desde su silla, se ha animado a sentarse con Adel y a seguirle con el libreto que él llevaba organizado y trabajado.
María también se anima y se sienta a su lado y juntos, improvisando, crean algo único que las hace parte de lo que están disfrutando y nos hacen disfrutar. Todos rodean a Adel, Carlos e Isaac y el concierto se convierte en una convivencia donde por unos minutillos se olvidan de lo que les ha llevado hasta allí. De las vendas y cicatrices que jalonan sus muñecas, su cuerpo. Y es muy grande lo que vivimos.


Se van mientras recogemos con una sonrisa amplia en sus rostros y nosotros queremos pensar que les va a durar lo justo para tomar fuerza y salir de allí prontito.
Un celador nos dice que él no es quien determina los tiempos, que él solo está allí por si se desmadran. La palabra es todo un mundo. "Desmadrarse" :salirse de madre. Y así es:están lejos de esa madre que hasta hace poco tenía las respuestas a todas sus preguntas y los conjuros a todos sus miedos. Ahora otros fantasmas pueblan su vida y no entienden por qué. Por qué están "desmadrados" y tan indefensos ante eso que los domina y los daña al mismo tiempo.Lejos de su madre. De su casa. De la serenidad.

Por eso ninguna palabra será suficiente para explicar qué pasa en esas salas en momentos como los de ayer. 

Ni habrá suficiente cantidad de veces con las que podamos dar las"gracias" a personas como Adel, Carlos e Isaac, que se entregan completamente y se emocionan dando tanto con su música y su calidad humana.



Este fue el último concierto para mí de esta temporada con Música en Vena. Fue muy, muy especial. Por muchos motivos. Algunos personales que no vienen a cuento pero que podrían contar por qué la experiencia de ayer fue tan maravillosa para mí, aunque no lo harán.
Los otros motivos, los que sí cuentan , son estos:
Que el concierto, ayer, fluyó de un modo fascinante, en una comunicación que describe y muestra lo que es y debe ser la música. Un lenguaje del alma que acompaña, alivia y hermana.Y yo sabía- porque esta era su segunda vez con MeV- que con Afindecuentas todo eso, la nitidez de ese lenguaje, estaban más que garantizados.

Que era en el hospital Niño Jesús. En siquiatría infantil. Con personitas que apenan han comenzado a vivir y ya saben del sufrimiento con mayúsculas. Y eso, que duele solo con pensarlo, es una lección de vida y de humanidad. Y poder mitigar ese injusto dolor, aunque sea solo un poquito, es un privilegio que pocas personas pueden vivir y, posiblemente, entender.

Y por último, que todo eso, que fue tan especial, lo pude compartir con dos compañeros también muy especiales. Con mi Inmita que para mí es un puntal y que sólo con verla ya me alegra el día y con nuestro ángel, Ángel, que hace todo más fácil y más tierno.

Así que fue un broche de oro para esta temporada de MeV de la que he podido disfrutar poco pero de manera muy intensa. 

Os deseo a todos un feliz verano, lleno de música y calor en el alma, para que volvamos con más emociones, más energía, más ilusión; para seguir llevando todo eso y más a esos otros mundos que, finalmente, son la vida en estado puro: los hospitales. 

Un beso lleno de agradecimiento para todos los que hacen posible Música en Vena y...
 ¡¡¡nos vemos en septiembre!!!